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El eje y el origen del ciclo se encuentran en el centro de la bóveda de crucería, donde se alza el Cristo Pantocrátor. Representado en una mandorla, rodeado de ángeles, en el acto de bendecir. Sobre las rodillas del Cristo hay un libro abierto, en el que se lee una frase tomada del Evangelio de Juan «Ego sum lux mundi qui sequitur me non ambulat in tenebris sed habebit lumen vite», una evidente alusión a San Bernardino, una figura de relevancia en la Siena del siglo XV. En los casetones laterales se encuentran los cuatro evangelistas, de los cuales, sin embargo, solo quedan San Mateo y San Juan, y en los superiores e inferiores los doctores de la iglesia representados en pareja: San Ambrosio y San Jerónimo, San Agustín y el papa San Gregorio; esta última pareja está representada sentada sobre una nube. Alrededor de estos casetones encontramos, finalmente, en un estado deteriorado, a los diez profetas. En cuanto al programa iconográfico de las paredes del ciclo, extremadamente más complejo y erudito, preveía la representación del Credo Apostólico, dividido en diez secciones, como los tramos de las paredes, siguiendo un esquema por el que cada tramo se divide en una luneta superior y un rectángulo inferior. En la luneta superior se representan los artículos de fe junto a un apóstol y a un profeta con cartela que sirve para la comprensión de la representación; en el rectángulo inferior, en cambio, se representan los episodios tomados del Antiguo y del Nuevo Testamento referidos al artículo del Credo superior. La representación más rica es quizá la del Juicio Universal, en el séptimo tramo, en la pared adyacente al pasillo. El Vecchietta en este fresco alcanza un resultado extraordinario, sobre todo en la expresividad de los personajes y en la tensión emotiva de la escena. En la luneta superior, en el centro, la figura de Cristo está rodeada de ángeles, profetas, santos, la Virgen y San Juan. Los ángeles a los pies de la Virgen y de San Juan sostienen dos libros en los que figuran los preceptos de Santa Maria della Scala y la lista de los pecados capitales, dirigida a los condenados. A los pies de Cristo se encuentra San Miguel que mantiene separados a los bienaventurados guiados por los ángeles y a los condenados empujados al infierno por demonios. Debajo de esta escena se encuentra el trágico episodio de la Visión de Daniel del Carro de fuego, en el que Cristo lanza una estela de llamas hacia los condenados, que se desesperan, creando una clara separación con la hueste de los bienaventurados colocada a la izquierda, que, contrariamente a los condenados, resulta tranquila y elegante.